No era una musa tal cual, no tenía una forma física, nombre o personalidad definida.
Es ese algo imposible de definir que te hace sentir la necesidad de expresarte de alguna manera. Sea lo que sea, siento que extravié a mi musa o inspiración.
Han pasado semanas desde que hice una entrada en este medio, después de la última fue como si me hubiera vaciado y ya no tuviera nada más para decir, mucho menos para escribir. Y todos creen que es sencillo sentarse frente a una hoja en blanco y llenarla poco a poco vaciando los contenidos de la mente, pero en realidad es bastante difícil, supongo que debe de ser algo parecido a tomar una brocha con un color al azar y querer pintar algo sin voltear a ver la paleta o recoger una piedra y querer hacer una escultura de nada y de todo. Veo la página en blanco y empiezo a llenarla casi aleatoriamente con una sucesión de palabras; de pronto levanto la mirada a la pantalla y son sólo eso: palabras al azar que se conectan brevemente en algunos puntos. Y las borro. Indudablemente las borro. Cuando es un cuaderno es más difícil, porque mis ojos viajan constantemente a las palabras anteriores, encuentran el error, siguen a mi mano mientras tacha la palabra con unas líneas y escribe una palabra distinta arriba. Así hasta que llega el momento de borrar todo y arranco la hoja.
Intentaré re-empezar sin borrar o arrancar la hoja.
La acción, el movimiento, la narración; no puedo escribir sobre esas cosas. Puedo escribir sobre mi día, algo intimista, una valoración de mis errores, mi gusto por la música, mi vocación por la lectura, capaz y podría escribir la reacción que una película me provocó. Pero si alguien me pidiera que escribiera una entrada en la que contara la película o en la que contara algo que no me tenga a mi como personaje principal o activo, no podría. Arrancaría la hoja. Y alguien me pidió que escribiera un cuento para su cumpleaños (porque Elsa, quien ya no es mi jefa directa pero a quien todavía me refiero como mi jefa, lleva casi dos años recordándome que debo escribir algo de ficción o un artículo para la revista, lo más que he podido hacer al respecto son reseñas de libros, intimistas hasta cierto punto) y ha sido un verdadero calvario escribir la página y media que llevaba, porque obviamente arranqué la página. Pero pensar en un tema, en un algo que valiera la pena escribir, eso fue el primer obstáculo, una vez superado a medias se me ocurrió una idea que no había germinado, más bien un título del cual partiría, y empecé a imaginar a los personajes, no se me ocurría una historia, pero sí los distintos personajes. Después me puse a pensar en las distintas situaciones en las que podría ponerlos y las fui descartando hasta encontrar una que no me desagradaba, y ahí empecé a desarrollar poco a poco, línea a línea, con sus tachones en la hoja, borrones de palabras y demás. Al final la historia perdió pies y cabeza, no era nada y ya ni siquiera recordaba qué era lo que quería escribir originalmente o por qué había empezado de esa manera el "cuento".
No tengo un mal manejo del lenguaje ni de la sintaxis y construcción de oraciones, en teoría debería ser capaz de escribir algo sin necesidad de plagiarlo de algún escritor. Pero lo que encuentro son series de palabras hiladas mas no relacionadas y cuando están relacionadas no dicen nada o lo poco que dicen es una nimiedad.
Esta entrada es una muestra más de eso; no tiene sentido, no tiene cabeza, no tiene un hilo conductor, tampoco tiene punto que presione el botón de "publica entrada" ya que es otra entrada en la que hablo de mí mismo sin ton ni son. Pero seguramente voy a presionar ese botón sólo para demostrarme que sí lo puedo hacer.
jueves, 26 de marzo de 2009
viernes, 27 de febrero de 2009
Viernes medio día. O, Mis fallas
Soy desidioso. Soy flojo. No soy metódico. Sobre todo con las cosas que no me importan a un nivel personal. Este es uno de mis grandes defectos y uno que pensé que podía superar usando la inteligencia.
Dejaré la falsa modestia de lado; soy inteligente, soy creativo y soy ingenioso. Estoy consciente de esto. Y siempre pensé que estas cosas servirían para complementar las fallas mencionadas anteriormente. ¿Qué importa que no seas riguroso con tus trabajos si eres inteligente? Pues sí importa. Y mucho.
Sobre todo en el ambiente académico; en la universidad o brillaba por mi capacidad de leer y comprender mejor que otros o por mi falta de rigor académico. Mis trabajos podían ser de cualquier cosa que se me ocurriera dos días antes de la entrega, un día pensando la idea, la noche anterior a la entrega desarrollándola. Obviamente, con la lingüística pagué el precio de esta actitud ya que no permite esos deslices. Pero con la literatura mantenía mis ideas fuera de un análisis puramente estético y lograba crear trabajos medianamente buenos para pasar las materias.
Existieron excepciones en las cuales hice trabajos muy bien desarrollados y para alimentar a mi ego secreto, que todos tenemos, recibieron buenas críticas. El que más recuerdo fue un trabajo que hice sobre la religiosidad y la psicología en La regenta de Clarín. Estuve en la biblioteca y utilicé referencias cruzadas para demostrar mis puntos. La maestra lo calificó con 10 y le puso una nota de que era uno de los mejores trabajos que había recibido y que debía pensar seriamente en la investigación como campo laboral.
Pero me conozco, fuera del placer que esa nota y calificación me proporcionaron, equiparable al placer que fue leer la novela, no me importaba un carajo hacer de mi vida la de un investigador. Leo porque me gusta; porque lo disfruto, porque me identificó, porque conozco más al mundo y a mí mismo a través de la ficción, porque quiero comprender a las personas y los mejores observadores de la naturaleza humana son los escritores. Creo firmemente que todo caso posible de la naturaleza humana, las flaquezas y las grandezas, se puede encontrar en la literatura.
Pero ese no es el punto de esta entrada.
Gracias a mi falta de rigor y de academicidad, así como una necesidad casi patológica de desobedecer a cualquier figura de autoridad, pagué un precio caro: ver mi ego secreto destrozado frecuentemente al enfrentarme a la cruel realidad de que no siempre puedo ganar ni salirme con la mía. Me regresaron bastantes trabajos con notas de los profesores que decían que no era lo que habían pedido, que mi análisis no estaba fundamentado, que el propósito del trabajo no era sólo una visión impresionista. Fueron golpes duros, pero los superé siempre con la certeza de que las cualidades arriba descritas eran más importantes que el saber dónde y cuándo poner qué cosa.
Hasta en los trabajos me he enfrentado a esa pared insondable de la autoridad contra mí. Se vuelve una pelea de voluntades, un "no hagas esto" por parte de ellos enfrentado con mi "ahora lo hago"; en mi primera aventura como corrector/editor en Oxford University Press recibí un golpe duro a la autoestima cuando no me renovaron el contrato después de haber trabajado duro. Al principio le eché todas las ganas y puse todo en juego, por desgracia el libro en el que estuve trabajando sufrió las inclemencias del destino y no salió por culpa de la diseñadora (desde entonces los odio un poco, no lo puedo evitar); después me dieron la oportunidad de nuevo y mi desidia ganó poco a poco, fui poniendo menos de mi parte y buscando culpables fuera, que sí los había, pero pude haberlo hecho todo distinto; al final puse todo de mi parte para que saliera y salió, pero me costó el trabajo porque había reaccionado demasiado tarde.
Recuerdo mi último día, recuerdo que Georgina, una de mis superioras, me dijo que era muy inteligente, que tenía un buen futuro en este negocio y que tenía todo a mi favor mientras entendiera que las figuras de autoridad no son ni mi enemigo ni están ahí para aceptar mis desafíos, me dijo que mi gran problema no era que no supiera trabajar ni que no fuera bueno, sino que cuestionara y desafiara cada decisión que provenía de entidades superiores a mí, y que si seguía por este camino iba a encontrarme enfrentado con situaciones en las que tenía todas las de perder y que mi inteligencia no me iba a salvar siempre.
Y ahora, después de años de sube y bajas, los demonios del pasado regresaron a cobrarme la factura que les había dejado pendiente. Esos mismos demonios de querer hacer las cosas a mi manera, de no conformarme, de asumir que tengo la razón, regresaron con toda su fuerza y me dieron un golpe fuerte al ver que mi desidia me estaba costando cara con respecto a mi carrera. Que es momento de despertar y de ponerme las pilas una vez más, que ya estuvo bueno de querer siempre hacer las cosas a mi manera, por eso ahora tengo que regresar a la facultad y dejar de sentir que puedo ganar con mis reglas, tengo que jugar con las de ellos si quiero mi título. Y no es que me importe el título, pero quiero demostrarme que soy capaz de acabar, de dejar un capítulo cerrado por fin y saber qué se siente tener ese papelito colgado en la pared.
Cuando recibí el golpe de que la había estado cagando hace unas horas se me fue la sangre de la cara y del cuerpo, me quedé pasmado viendo la innegable realidad y casi me puse a llorar. Pero nada iba a lograr con eso y alguien me hizo reír a pesar de la desgracia en la que me estaba sumiendo y por eso mismo dejé de sentirme miserable y estúpido y decidí aceptar que todo esto había pasado por culpa propia y que el único que puede sacarme del hoyo se llama Manuel.
Dejaré la falsa modestia de lado; soy inteligente, soy creativo y soy ingenioso. Estoy consciente de esto. Y siempre pensé que estas cosas servirían para complementar las fallas mencionadas anteriormente. ¿Qué importa que no seas riguroso con tus trabajos si eres inteligente? Pues sí importa. Y mucho.
Sobre todo en el ambiente académico; en la universidad o brillaba por mi capacidad de leer y comprender mejor que otros o por mi falta de rigor académico. Mis trabajos podían ser de cualquier cosa que se me ocurriera dos días antes de la entrega, un día pensando la idea, la noche anterior a la entrega desarrollándola. Obviamente, con la lingüística pagué el precio de esta actitud ya que no permite esos deslices. Pero con la literatura mantenía mis ideas fuera de un análisis puramente estético y lograba crear trabajos medianamente buenos para pasar las materias.
Existieron excepciones en las cuales hice trabajos muy bien desarrollados y para alimentar a mi ego secreto, que todos tenemos, recibieron buenas críticas. El que más recuerdo fue un trabajo que hice sobre la religiosidad y la psicología en La regenta de Clarín. Estuve en la biblioteca y utilicé referencias cruzadas para demostrar mis puntos. La maestra lo calificó con 10 y le puso una nota de que era uno de los mejores trabajos que había recibido y que debía pensar seriamente en la investigación como campo laboral.
Pero me conozco, fuera del placer que esa nota y calificación me proporcionaron, equiparable al placer que fue leer la novela, no me importaba un carajo hacer de mi vida la de un investigador. Leo porque me gusta; porque lo disfruto, porque me identificó, porque conozco más al mundo y a mí mismo a través de la ficción, porque quiero comprender a las personas y los mejores observadores de la naturaleza humana son los escritores. Creo firmemente que todo caso posible de la naturaleza humana, las flaquezas y las grandezas, se puede encontrar en la literatura.
Pero ese no es el punto de esta entrada.
Gracias a mi falta de rigor y de academicidad, así como una necesidad casi patológica de desobedecer a cualquier figura de autoridad, pagué un precio caro: ver mi ego secreto destrozado frecuentemente al enfrentarme a la cruel realidad de que no siempre puedo ganar ni salirme con la mía. Me regresaron bastantes trabajos con notas de los profesores que decían que no era lo que habían pedido, que mi análisis no estaba fundamentado, que el propósito del trabajo no era sólo una visión impresionista. Fueron golpes duros, pero los superé siempre con la certeza de que las cualidades arriba descritas eran más importantes que el saber dónde y cuándo poner qué cosa.
Hasta en los trabajos me he enfrentado a esa pared insondable de la autoridad contra mí. Se vuelve una pelea de voluntades, un "no hagas esto" por parte de ellos enfrentado con mi "ahora lo hago"; en mi primera aventura como corrector/editor en Oxford University Press recibí un golpe duro a la autoestima cuando no me renovaron el contrato después de haber trabajado duro. Al principio le eché todas las ganas y puse todo en juego, por desgracia el libro en el que estuve trabajando sufrió las inclemencias del destino y no salió por culpa de la diseñadora (desde entonces los odio un poco, no lo puedo evitar); después me dieron la oportunidad de nuevo y mi desidia ganó poco a poco, fui poniendo menos de mi parte y buscando culpables fuera, que sí los había, pero pude haberlo hecho todo distinto; al final puse todo de mi parte para que saliera y salió, pero me costó el trabajo porque había reaccionado demasiado tarde.
Recuerdo mi último día, recuerdo que Georgina, una de mis superioras, me dijo que era muy inteligente, que tenía un buen futuro en este negocio y que tenía todo a mi favor mientras entendiera que las figuras de autoridad no son ni mi enemigo ni están ahí para aceptar mis desafíos, me dijo que mi gran problema no era que no supiera trabajar ni que no fuera bueno, sino que cuestionara y desafiara cada decisión que provenía de entidades superiores a mí, y que si seguía por este camino iba a encontrarme enfrentado con situaciones en las que tenía todas las de perder y que mi inteligencia no me iba a salvar siempre.
Y ahora, después de años de sube y bajas, los demonios del pasado regresaron a cobrarme la factura que les había dejado pendiente. Esos mismos demonios de querer hacer las cosas a mi manera, de no conformarme, de asumir que tengo la razón, regresaron con toda su fuerza y me dieron un golpe fuerte al ver que mi desidia me estaba costando cara con respecto a mi carrera. Que es momento de despertar y de ponerme las pilas una vez más, que ya estuvo bueno de querer siempre hacer las cosas a mi manera, por eso ahora tengo que regresar a la facultad y dejar de sentir que puedo ganar con mis reglas, tengo que jugar con las de ellos si quiero mi título. Y no es que me importe el título, pero quiero demostrarme que soy capaz de acabar, de dejar un capítulo cerrado por fin y saber qué se siente tener ese papelito colgado en la pared.
Cuando recibí el golpe de que la había estado cagando hace unas horas se me fue la sangre de la cara y del cuerpo, me quedé pasmado viendo la innegable realidad y casi me puse a llorar. Pero nada iba a lograr con eso y alguien me hizo reír a pesar de la desgracia en la que me estaba sumiendo y por eso mismo dejé de sentirme miserable y estúpido y decidí aceptar que todo esto había pasado por culpa propia y que el único que puede sacarme del hoyo se llama Manuel.
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